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Año VINumero 93

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"comiendo Caminos", Cuaderno de Viajes de Ernesto Gallud Mira


Lola Lapierre

Carta escrita por la Condesa de Foie gras al amor de su vida

Querido mío, ¿dónde has escondido las mandarinas?. Las ando buscando desesperadamente desde hace dos días y no las encuentro. ¿Me quieres volver loca o qué?. No vuelvo a dejarte nunca más que entres en la cocina, revuelvas las frutas y luego te vayas. Ya sé que hay un supermercado, sí, donde pueden suministrarme nuevas mandarinas para preparar una mermelada, pero es que no me da la gana de ir a por ellas, yo quiero las mías.

Te has ido con la fruta. Te habrás regodeado con el dulce sabor que tiene y nutrido de sus vitaminas y proteínas. Yo mientras, buscándolas el otro día, como no las encontraba, abrí los armarios, miré debajo de la mesa, en la nevera, en el cajón, en el frutero, en el cuarto de baño, en el salón, en el comedor, en la chimenea.

Ya no te quiero. No te perdono que la mermelada sea de cereza. Ni que el deleite de las mandarinas haya sido tuyo ni que haya tenido que buscar las mandarinas por los cajones ni que me haya golpeado la cabeza cuando estaba mirando debajo de la cama a ver si las encontraba. Ahora sólo me queda un chichón en la cabeza. Ni mi fruta, ni mi mermelada. Sólo me queda este recuerdo del golpe que me di al subir la cabeza. La pesada madera de la cama, que por cierto ha roído el hámster que un día dejaste escapar de la jaula, me ha dejado un golpe que aún ha sido más duro debido a esa grieta. En fin, pero qué se puede hacer cuando las camas son de madera y los hámster se la comen para que no les crezcan los dientes, cuando las mandarinas desaparecen de la cocina y los novios te dejan colgada. Qué se le va a hacer si una mermelada no lleva azúcar o no quedan ni cerezas para hacerla. La moraleja es que “Las tostadas no siempre se comen como uno las quiere”. Pues en estos casos de frustración y poco viento en popa, lo mejor es dar una vuelta por las calles de la ciudad para despejar las ideas de la cabeza. Pasear frente a las tiendas y junto a personas diversas. A la vuelta a casa todo se ve de diferente forma, salvo en el caso de que aparezca en el horizonte, por detrás de algún árbol situado en la acera, una silueta que no sea otra que la tuya, cariño, y que observándote con atención, lleves en la mano una bolsa de plástico transparente cargada de frutas naranjas, que no pueden ser otras que mis mandarinas. En ese punto, ¡Sólo puedo tener un desmayo!
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