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Miguel Guzman Peredo

La cocina y el vino en 'El Quijote de La Mancha' (I parte)
Mesa de tertulias gastronómicas

Miguel de Cervantes Saavedra vino al mundo en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547. Por sus innegables méritos como escritor ha sido llamado “la máxima figura de la literatura española”, y también “príncipe de los ingenios”. Su importancia como escritor es de tal magnitud que al idioma castellano se le conoce como “la lengua de Cervantes”.

Por otro lado, la posteridad lo conoce por el mote de el “Manco de Lepanto”, pues en la celebérrima batalla naval (en la cual el expansionismo otomano fue frenado por la Santa Liga), que tuvo lugar en el golfo del mismo nombre, en Grecia, el 7 de octubre de 1571, resultó herido de la mano izquierda, la cual le quedó anquilosada.

Tras pasar cinco años prisionero en Argel retornó a España, en 1580, donde dio comienzo a su ingente tarea literaria, en la cual sobresale El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada -la primera parte- en 1607. Otras obras suyas son La Galatea, las Novelas Ejemplares (que comprenden Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, El licenciado vidriera y El coloquio de los perros, entre otras, que vio la luz en 1613), La Numancia y Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Mucha tinta ha corrido para aludir a las apremiantes necesidades económicas que agobiaban a Cervantes, lo que lo orilló a solicitar un empleo de escribano en América.

Mi admirado maestro Félix Martí Ibáñez, médico y literato sin par, escribió en su libro Surco: ensayos sobre literatura, historia de la medicina, arte y psicología, lo siguiente, acerca del estado que guardaba España en tiempo de Miguel de Cervantes Saavedra: “El cuadro de la España de Don Quijote, la España de comienzos del siglo XVII, era triste y sombrío. Pese a los galeones de América, cuyas cuadernas crujían bajo el peso de las barras de oro, la pobreza y el hambre reinaban en toda la Península Ibérica. Símbolos de la miserias dela época son la escasez de las ventas en donde paró Don Quijote, en las que no había “sino lo que el viajero traiga consigo”, y la proverbial flaqueza de las alforjas del perennemente hambriento Sancho Panza... Tan mala era la situación, que en 1590 se le ocurrió a Cervantes solicitar, en vano, un puesto burocrático en Soconusco, Guatemala, y en la Real Audiencia de Santa Fe, en la ciudad de Cartagena, o en La Paz, Bolivia. De habérselo concedido, acaso Cervantes hubiera terminado en vulgar oficinista enterrado en una encomienda americana, y Don Quijote jamás hubiera cabalgado por La Mancha”.

En efecto, Daniel Samper Pizano (en un ensayo titulado “Si Cervantes hubiera viajado a América”) escribió que “el 21 de mayo de 1590, Cervantes dirigió una solicitud al Consejo de Indias, entidad que regulaba los viajes ultramarinos. En ella alegaba que había servido a Su Majestad “muchas jornadas de mar e tierra», enumeraba sus heridas, desgracias y hazañas, y finalmente suplicaba, humildemente, que el Rey le “hiciese la merced de un oficio en las Indias de los tres o cuatro que al presente están vacíos”. Ellos eran «la contaduría del Nuevo Reyno de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatimala, o contador de las galeras de Cartagena o Corregidor de la Cibdad de la Paz”.

Y continúa diciendo Samper Pizano lo siguiente: “América era entonces lugar de ventura y aventura para los peninsulares desairados por la fortuna. El propio Cervantes la califica en El celoso extremeño como “refugio y amparo de los desesperados de España”. Para fortuna de la literatura, el Consejo de Indias respondió a la solicitud con una cortante negativa: “Busque por acá en qué se le haga merced”. Se desbarató así la histórica posibilidad de que Cervantes se afincase en el Nuevo Continente. Como consecuencia, el alcalaíno tuvo que seguir dedicado a su oficio de tenedor de libros, comediógrafo y novelista. Bien se sabe que no fue escritor exitoso sino a raíz de la publicación del Quijote, y lo que le dio el alimento fueron sus conocimientos de contaduría. A ellos debió también sus padeceres, pues en 1602 fue recluido en la cárcel de Sevilla, acusado de malos manejos de dinero. Allí concibió la historia de don Quijote de la Mancha, por lo cual es muy poco probable que, si hubiera viajado a las Indias, las aventuras del ingenioso hidalgo hubieran tomado cuerpo en el clima tropical de Guatemala, Colombia o Bolivia. Resulta difícil imaginar qué habría sido de nuestro autor si el Consejo de Indias hubiese autorizado su nuevo destino. Quizá habría perseverado en su oficio de contable. O habría escrito una obra muy diferente a la que le dio fama universal. Lo difícil es pensar que, sin las penurias que atravesó en Sevilla y los personajes que conoció en aquella prisión saturada de toda suerte de reos, hubiese encontrado la materia prima de su obra maestra”.

La obra cimera de Cervantes fue El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que comienza de la siguiente manera (con una manifiesta alusión a la frugal pitanza de aquel alucinado caballero andante -cuyo nombre era Alonso Quijano-, que soñaba con dar fiel cumplimiento a “su oficio y ejercicio de andar por el mundo enderezando entuertos y desfaciendo agravios”): “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.

Acerca de estos guisos Lorenzo Díaz, autor del libro La cocina del Quijote, señala que “existen líricas leyendas en torno a los platos “quijotunos”, como la que rodea a los duelos y quebrantos. Cuentan los eruditos que era costumbre, en algunos lugares de La Mancha, que los pastores llevaran a casa de sus amos las reses que entre semana se morían o sufrían alguna lesión, de cuya carne deshuesada y acecinada se hacían tasajos. De estos huesos se componía la olla, en tiempos que no se permitía en los reinos de Castilla comer los sábados de las demás partes de ellas. Esa comida se llamó “duelos y quebrantos”, con sentida alusión al duelo que causaba, como es natural, a los dueños la pérdida del ganado”.

Una fiel descripción de los hábitos manducatorios en aquellos lejanos días, es la que nos brinda Manuel Martínez Llopis en su libro Historia de la gastronomía española. Allí leo lo siguiente: “También Cervantes, en distintos pasajes de sus obras, hace citas que contribuyen a divulgar el conocimiento de las costumbres gastronómicas en la España del Siglo de Oro, lo mismo en las clases elevadas que en el modesto campesino. El parco yantar de don Quijote, comida de hidalgo lugareño, es un ejemplo de esa proverbial sobriedad de los españoles. Alonso Quijano, al que llamaban el Bueno, satisfacía su apetito con las sencillas minutas que enumera Cervantes.

“Son muchos los detalles gastronómicos -continúa diciendo Martínez Llopis- que menciona Cervantes en sus obras, y por ellos se puede deducir que los pastores, peregrinos, arrieros, trajinantes, y todos cuantos andaban por los polvorientos caminos castellanos, si se veían azuzados por el hambre, podían encontrar, para calmarla, en las ventas que hallaban a su vera, tasajos de cabra y algunas veces de venado, queso ovejuno, bien curado, aceitunas secas, frutas maduras y huesos de jamón”.

Existe en internet un portal que encierra notorio interés para quienes se interesan por el origen y significado preciso de las palabras. Se trata de la pagina del idioma español (www.elcastellano.org). Allí leí que “La palabra quijote se usaba en España por lo menos dos siglos antes de que naciera Cervantes, bajo la forma quixote, la misma empleada en la obra de Cervantes. En efecto, la palabra ya aparece registrada en 1335 como nombre de una ‘pieza del arnés destinada a cubrir el muslo’. La voz parece provenir del antiguo cuxot y éste, del catalán cuixot, con el mismo significado, derivado de cuixa 'muslo', que se formó a partir del latín coxa 'muslo' y sufrió el influjo de ‘quijada’. El quijote era una prenda propia de caballeros andantes, por lo que Cervantes recurrió a ella cuando tuvo que dar un nombre de guerra a su héroe Alonso Quijano”.

Numerosos fueron los momentos en los cuales Don Quijote de la Mancha -que por otro nombre lleva el de Caballero de la Triste Figura- y su fiel escudero Sancho Panza “almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mismo punto”, dada la parvedad de sus condumios y la penuria de sus alimentos. Entre los numerosos trances en que se ven envueltos, ya que el alucinado caballero iba por doquier buscando reprimir a los malandrines, figura el de las bodas de Camacho el Rico, donde Sancho Panza vivió uno de los momentos más gratos de su vida, refocilándose (antes, al contemplar tan suculentos y abundantes guisos; durante, al estarlos engullendo; y después, al recordar, gozoso, los manjares que había manducado) ante la visión de los preparativos de un ágape que parecía ajeno al mundo de Sancho Panza.

De esta manera narra Cervantes ese feliz momento: “Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo, y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban, no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que en cada una cabía un rastro de carne. Así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse ver, como si fueran palominos.

Las liebres ya sin pellejo, y las gallinas sin pluma, que estaban colgados en de los árboles para sepultarlas en las ollas, no tenían número. Los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos. Contó Sancho más de sesenta zaques, de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos. Así había rimeros de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras. Los quesos, puestos como ladrillos en tejares, formaban una muralla. Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones, que cosidos por encima servían para darle sabor y enternecerle, Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante que podía sustentar a un ejercito”
Sancho Panza todo lo contemplaba, y luego “con corteses y hambrientas razones rogó le dejasen mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió: “Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene jurisdicción el hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad por ahí un cucharón, y espumad una gallina, o dos, y buen provecho os haga”.

Otro episodio del Quijote de la Mancha hace referencia a la frustración experimentada por Sancho Panza en la Ínsula Barataria, a diferencia del deleite palatal que le produjo el banquete nupcial ofrecido por Camacho el Rico. Sancho, recién llegado al imaginario lugar cuya gubernatura le fue otorgada como recompensa por sus fieles servicios escuderiles a Don Quijote, fue recibido con grandes muestras de zalemas y elogios por sus supuestos súbditos. Al llegar el momento de disponerse a saborear una abundante y deliciosa comida, se encontró con que un médico, llamado Pedro Recio de Agüero, provisto de una varilla en la mano, le fue indicando a Sancho Panza los platillos que no debía comer, porque -según le dijo con melifluas palabras- resultarían dañinos para su salud. Para desgracia del recién nombrado Gobernador, el matasanos le prohibió probar de todos y cada uno de esos apetecibles guisos, argumentando diversas razones de índole médica por las cuales les era vedado, en beneficio de su salud, degustar con el paladar lo que con sus miradas parecía estar engullendo.

La vida de Miguel de Cervantes Saavedra, creador del preclaro caballero Don Quijote, transcurre durante los años del reinado de Felipe II, quien fue proclamado rey de España en 1556 (cuando su padre Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico abdicó para recluirse en el Monasterio de Yuste, en la Provincia de Cáceres, donde murió en 1558). En ese tiempo era España un imperio donde “jamás se ponía el sol”, según afirmaban los panegiristas del monarca hispano, pero dentro del país la pobreza campeaba por doquier, salvo entre los aristócratas allegados a la Corte. No en balde la novela picaresca, que floreció en ese tiempo, muestra con sin igual donaire -en esa epopeya del hambre- la vida de pillos, estafadores, crapulosos y demás ralea de baja estofa, como los que retrató Francisco de Quevedo, en su obra Vida del buscón llamado don Pablos; o aquellos descritos en la novela anónima El lazarillo de Tormes. Otros libros de ese subgénero literario fueron los siguientes: Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, Vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel y La vida y hechos de Estebanillo González, para muchos de autor anónimo y para otros obra de Gabriel de la Vega. En todos estos libros los pícaros muestran la agudeza de su ingenio, siempre fértil y desmedido, para aprovecharse tanto de sus respectivos amos como de quienes tenían la desgracia de caer en sus malévolas redes de intrigas y corrupción.

Por lo que concierne al vino debo mencionar que Miguel de Cervantes Saavedra refiere, en su inmortal obra El Quijote de la Mancha, la conversación entre Sancho Panza y un caballero, y éste, al advertir que el escudero del andariego desfacedor de entuertos identificaba la procedencia de un vino que le había ofrecido, le dijo que mostraba ser un buen mojón, que conocía bien tan exquisita bebida. Sancho Panza respondióle lo siguiente: “¿No será bueno que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura, y las vueltas que da de dar, con todas las circunstancias el vino atañederas?”
”Al respecto, el Diccionario de la Real Academia Española define de la siguiente manera la palabra mojón: “catador de vinos, el que es inteligente en este campo”.

En el entremés titulado La elección de los alcaldes de Daganzo, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, un labrador de apellido Berrocal, (quien desea ser elegido alcalde de la población de Daganzo), proclama las cualidades que, a su parecer, lo hacen apto para ese cargo: “Tengo en la lengua toda la habilidad, y en mi garganta no hay mojón que me llegue. Sesenta y seis sabores estampados tengo en el paladar, todos vináticos”. (...)

-Continuará en el próximo número 163 de A Fuego Lento-

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