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Año XINumero 159

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Protagonista, el atún

(José Oneto). Con la I Semana Gastronómica del Atún, que se saldó con gran éxito y contó con la colaboración de la Diputación Provincial de Cádiz, el gobierno local barbateño, organizador de la actividad, ha pretendido, entre otras, poner en valor las múltiples posibilidades culinarias que tiene este pescado convertido en una de las señas de identidad de esta bella ciudad sureña. Ya que el atún ha supuesto, junto con la pesca, desde tiempos inmemoriales la mayor fuente de riqueza de esta población andaluza, eminentemente marinera.

Casi sin darme cuenta, por la agradable conversación que durante toda la singladura mantuve con mi amigo Manuel Barberá Gallardo, conocido popularmente como Manolo Cachito, un veterano experto almadrabero, ahora convertido en potente empresario hostelero de Chiclana, que me fue informando pormenorizadamente todos los prolegómenos de la levantá, a penas se podía divisar con nitidez las embarcaciones atracadas al puerto. A medida que el barco, donde navegábamos, avanzaba, más pequeño se iba quedando Barbate y cada vez más grande la almadraba enclavada en las azules aguas del atlántico gaditano. Compañeros de la prensa con cámaras, micrófonos y bloc en ristre, nos encaminábamos expectantes hacia ese lugar legendario ávidos por ser testigos de un ritual que se sigue haciendo desde hace miles de años: la captura del atún.

Por fin, tras una cierta espera, el barco nos acercó –aunque no lo suficiente— al copo que forma ese rectángulo de redes cercado por los faluchos y barcazas.

Todo estaba dispuesto. Los marineros, cada uno en sus respectivos puestos colocados estratégicamente para alzar las redes, a la espera de que el capitán diera la orden pertinente. Cuando eso ocurrió, a partir de ese preciso momento, las embarcaciones que acordonaban el copo, hicieron que ese espacio rectangular en medio del mar se fuera reduciendo progresivamente hasta que el agua se convirtiera en un auténtico hervidero, por la acción del revoloteo de los atunes capturados.

Bichos que, muchos de ellos, rondan los 350 o 400 kilos, en su agonía, entremezclados con algún que otro bonito y demás peces. Los marineros recogiendo redes, en medio de un impresionante bramido producido entre los peces, el rumor del agua espumeante y rugida y los gritos de los hombres, casi a compás, mientras faenan, forman una sinergia maravillosa que hace inconfundible este arte de pesca almadrabero, practicado exactamente igual que hace más de tres mil años.

Una vez achicado el rectángulo, intervienen los copejadores provistos de sus correspondientes utensilios que no son ni más ni menos que los garfios o bicheros con lo que aferran los atunes. De esta forma concluye uno de los espectáculos marineros más impresionantes que nos proporciona la naturaleza digno de ser presenciado: la levantá. »»

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